Tercer año del colegio secundario, examen de historia. Había estudiado, pero sentía que no estaba preparado. Cuanto más hablaba con mis compañeros más nervioso me ponía.

No sabía tanto, no tenía tanta memoria, no recordaba todos los temas, no me sentía con capacidad para poder expresar lo que sabía, que por cierto no era mucho.

«Bueno ya está, voy a hacer lo que pueda. Repaso un poco más y listo» pensé. Tenía un resumen y le dí una tímida leída. En ese momento la profesora dijo: -«Bueno vayan guardando todo, dejen el escritorio libre, sólo dos hojas y una lapicera. Hagan silencio, nadie habla más, ya estamos en examen. Tema uno, tema dos, tema uno…»

Recibo la hoja y rápidamente empiezo a leer las preguntas. Veo que son cinco preguntas. «Pero esperá, eso no lo vimos.» Pienso al leer una de las preguntas.

Siento que el corazón comienza a bombear con más intensidad, me transpiran las manos y me doy cuenta que estoy golpeteando las rodillas contra el pupitre sin parar.

Levanto la cabeza, giro levemente unos 30 grados hacia la derecha y veo el movimiento que hacen las muñecas de las manos de mi compañero al escribir rápidamente. Giro 30 grados hacia el otro lado y lo mismo.

Siento curiosidad por saber si hay algún otro compañero tratando de entender lo que la profesora está pidiendo, por lo que giro la cabeza sobre mi hombro y miro al final de la fila. En ese momento siento un sonido que proviene del frente: – «Sh, sh…», la profesora me llama la atención, me señala con el dedo índice y me dice:

-«Prestá atención a tu propia hoja».

La comparación siempre nos pone en un lugar de desventaja.

A todos nos pasa, en mayor o menor medida que muchas veces nos distraemos viendo la vida de otros. Nos atrae ver qué hace el que tenemos cerca o aquel que hace mucho que no nos cruzamos. En esa mirada inocente no nos damos cuenta que nos estamos comparando y en esa comparación podemos ganar o perder.

Si perdemos nos sentimos mal, nos empezamos a irritar, a enojar.  Esta comparación que hacemos es siempre parcial. Comparamos algún aspecto determinado pero no es real porque no conocemos todos los detalles de la vida del otro.

Siempre hay alguien que es más inteligente, más rápido, más rico, más atractivo, habla mejor, canta mejor, juega mejor, tiene una familia más alegre, tiene novia/o, tiene más amigos, una casa más grande, más linda, un auto más nuevo, el ultimo celular, más likes, se saca mejores fotos, se viste mejor y así puedo seguir.

Ahora la ironía es que la otra persona a la que yo admiro/envidio le pasa lo mismo. Mira, busca y ve que hay alguien que está mejor o que cree que tiene algo que a él/ella le falta.

En primer lugar nos sentimos inferiores en la comparación y esta idea trae consigo descontento para pasar poco a poco a ser envidia, resentimiento y amargura.

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Ellos tienen lo que quisiéramos tener o ser. Surge este susurro sutil que nos dice que necesitamos lo que ellos tienen para ser respetados y felices.

«El corazón tranquilo le da vida al cuerpo, pero la envidia corroe los huesos.» Proverbios 14:30(1)

¿Qué pasa cuando me siento inferior por la comparación?

  1. Miro al objeto de mi envidia y lo trato de destruir para aliviar ese sentimiento.

¿Cómo?  Critico todo lo que hace o tiene para tratar de compensar lo que siento. Es un mecanismo inconsciente que intenta poner al otro a mi nivel. «Tiene lo que tiene pero es una mala persona, se la pasa trabajando y no atiende a su familia. Parece linda porque usa muchos filtros. Se hace el gracioso pero es un salame.

  1. Me esfuerzo para poder llegar a conseguir lo que ellos tienen.

Trabajo más horas, pido un préstamo para cambiar el auto, casa, celular. Me anoto en un gimnasio, me compro ropa, busco cambiar de trabajo, etc… Inconscientemente me esfuerzo por alcanzar su nivel intelectual, físico, espiritual, económico o relacional.

Comparación lleva a la amargura

La comparación cercana es la que más me afecta.

Sucede que cuando veo por televisión, o en las redes sociales gente que le va bien, que tiene más, sabe más, es más lindo/a pero que no conozco personalmente no me cambia, por el contrario puede que produzca en mi un sentimiento de admiración y me motive, pero no me afecta emocionalmente.

Pero el que está más cerca es el que más me incomoda, el que conozco, que es mi vecino, amigo, familiar, compañero en el trabajo, la iglesia, el club, etc. Al que veo más cercano que aparentemente consiguió más en la vida que yo.

Me molesta porque es alguien como yo, que tiene más que yo y no puedo creer como tiene más que yo cuando no se lo merece como me lo merezco yo.  ¿Se entiende? un dolor narcisista es el que siento. Un golpe a mi autoestima.

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«Como se sienten infelices, no pueden soportar ver alguien que ellos creen es feliz. El ser humano al ver el placer y las posesiones de otro ser humano siente su propia deficiencia y amargura.»Arthur Shopenhauer,(2)

Tres señales que muestran que la envidia me esta afectando.

  • Hablamos con ironía y sarcasmo de los demás.

La ironía es el arte de decir una cosa para dar a entender otra o lo opuesto, es una burla disimulada.

  • Hablamos con desprecio por algo o alguien.

El resentimiento y el rencor se expresan por la forma de hablar hacia los demás.

  • Alabanza exagerada para alguien puede ser también motivada por profundo sentimiento de envidia oculta.

Cuando alguien se acerca demasiado y pretende mostrar un dejo de alegría por lo que está viviendo el otro pero en realidad la cercanía y el elogio excesivo demuestran una falsa admiración.

¿Cuál es la comparación que me sirve?

«No te compares con otro, comparate con quien eras tú antes.»Jordan Peterson, (3)

Mirar lo que éramos ayer y pensar cómo estamos hoy y hacia donde queremos llegar es una buena forma de utilizar la comparación para crecer y lograr un mejor modelo de nosotros mismos.

La comparación la tenemos que utilizar para auto motivarnos y poder cambiar esas cosas que creemos que pueden mejorar de nuestra vida.

Puedo empezar a cuidar más mi salud, hacer ejercicio, procurar leer más, buscar conocer gente nueva.

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¿Qué puedo hacer para cambiar lo que me pasa?

  1. Reconocer y aceptar que estoy obsesivamente fijándome en el otro.
  2. Cuestionar mi pensamiento sobre la comparación que estoy haciendo ya que siempre es imperfecta.
  3. No dejar que se instale en mi vida la emoción negativa y se convierta en un estado de amargura permanente.

Hacé lo que te sale bien, lo que te gusta. Sí. Eso que haces, vos sabes a que me refiero. Enfocate en lo tuyo y disfrutá el trayecto sin mirar tanto al compañero de banco.

No te detengas porque hay alguien que está más adelante que vos. Nadie va a poder repetirte o igualarte. Lo que hacés es único y especial.

El mundo necesita de tu voz, tu palabra, tu canto, tu baile, tu libro, tu expresión sea lo que sea.

«Que no te intimide el mirar a los demás, tomá la lapicera y empezá.»

Un abrazo.

Lic. Mariano Calabretta
MN 55658


Referencias

  1. Proverbios 14:30 (NIV)
  2. Shopenhauer, arthur, «Ensayos completos de Shopenhauer.»
  3. Jordan B. Peterson, «Doce reglas para vivir.»

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