Me gusta conversar con gente que no conozco. Gente que me cruzo por la calle. Sea taxista, remisero, farmacéutico, kioskero, hasta intento muchas veces interactuar con la jovencita oriental que atiende el supermercado. No es que sea muy extrovertido que digamos pero tengo la predisposición para escuchar y me gusta prestar atención y rescatar lo que pueda de las experiencias de otros.

No hace mucho tiempo tome un remis apurado por realizar un trámite importante. El remisero muy amablemente me abrió y cerró la puerta trasera del auto. Me acomodé en el asiento, que por cierto estaba bastante deteriorado, y me dispuse a disfrutar del viaje. Carlos, el remisero era un señor de unos setenta y cinco años aproximadamente, un poco excedido de peso, calvo y medio desgreñado.

Comenzamos la charla sobre el clima, como suelen arrancar las conversaciones de este tipo. El calor excesivo. La lluvia que no para, el tiempo loco, etc, etc. Fuera del tema me comenta, como queriendo aclarar de entrada:
-«Yo podría estar en casa porque ya me jubilé, pero hago esto para tener unos pesos extra.»
-«Es muy bueno para la salud que uno siga activo» le replico, y me acomodo en el asiento que rechina.
-«Si querido, yo trabajé por treinta y cinco años en la línea 107 y también en la 85», comenta.
-«Es muy estresante estar todo el día en la calle, no?» Le acoto algo que se me ocurre para seguir la charla sin esperar ninguna revelación trascendental.

-«No, para nada. Yo aprendí una cosa con el tiempo» (se le traba el cambio y el auto se queja como gato encerrado hasta que consigue completar la marcha).
-«El trabajo hay que dejarlo en el trabajo. Yo iba tranquilo, me podían gritar, tocar bocina, insultar que yo ya no los escuchaba. Lo tenía claro. Cuando llegaba a casa me olvidaba de todo.»
-Gira la cabeza en el semáforo y me mira fijo. «El trabajo dejálo en el trabajo, no te hagas mala sangre por cosas que no tienen importancia, esa es mi receta para durar tanto tiempo».

El psicólogo Reid Wilson en su libro, «Parando el ruido en tu cabeza». Dice que hay dos formas en las que podemos ver las preocupaciones.

Pueden ser tomadas como:

  1. Una señal: Preocupación que puede activar un cambio.
  2. Un ruido: No puedo cambiar nada.

Si hay algo que da vueltas en mi cabeza y me preocupa tengo que analizar si es un ruido o una señal.

Una señal es una preocupación que me inquieta y puedo hacer algo para cambiarlo.

  1. Una conducta adictiva que tengo que dejar.
  2. Una persona que hace rato que sé que tengo que contactar y no lo hago.
  3. Una dieta que tengo que empezar.
  4. Un estudio que tengo que terminar.

Son pensamientos que me invaden que pueden ser vistos como una señal para que pueda cambiar algo. A las señales les tengo que prestar atención porque pueden ayudarme a crecer y a modificar lo que necesita ser cambiado. Vos sabés cuales son en tu caso.

Si es una preocupación, por el contrario, que me genera ansiedad y no puedo hacer nada para cambiar hay que tomarlo como un ruido. Me preocupa, me distrae y me angustia pero no puedo resolver la situación.

  • La opinión de los demás por lo que digo o hago.
  • La economía del país.
  • Los errores del pasado.
  • Las decisiones de otros.

Hay que aprender a preocuparse con sentido. A preocuparme por lo que vale la pena. Es decir no perder tiempo y salud por cosas que no puedo mejorar o cambiar. Como decía Carlos el remisero

El trabajo dejálo en el trabajo…

Un abrazo.

Lic. Mariano Calabretta
MN 55658